Este sábado vuelve a jugar la selección, la nuestra, la de todos. La Roja, como la llama Luis Aragonés. Aún siendo el
partido decisivo para poder aspirar a jugar la próxima Eurocopa de naciones, nuestros jugadores tienen el dudoso honor de hacer de partidos tan trascendentales como este un estorbo entre apasionantes jornadas de liga de cara al aficionado.
Al menos esta vez el optimismo es moderado, por no decir inexistente. Nuestro último Mundial en Alemania trajo consigo el enésimo chasco, al tiempo que nuestros periódicos deportivos elegían nuestro rival en una final que tan lejos estuvo la Roja de alcanzar.
Lo lógico sería pensar que cosas como estas ya no sucederán más. Pero la experiencia en incontables chascos nos dice que estos procesos son cíclicos; primero tenemos una fase de desgana, luego llega el optimismo, tras él la euforia desmedida, y de nuevo el palo. De momento la reciente
victoria ante Inglaterra (en un partido amistoso, no lo olvidemos), ha hecho olvidar en parte la desastrosa fase de clasificacón que está haciendo España y, sobre todo, los desplantes de un seleccionador que no cumple su palabra de dejar su cargo si no cumple los objetivos marcados o que tan pronto presenta su dimisión una serie de "
connotaciones" le hacen echarse atrás en su decisión. La diferencia esta vez es que es muy probable que nos quedemos en el camino.